ME QUEDE CON LAS GANAS…

Desgraciadamente en la sesión de zoom que hablábamos de la confesión, ingresé demasiado tarde, y por lo que vi, había algunas caras largas, específicamente con respecto al tema propuesto, yo desde antes envié una liga a un escrito en donde, desde el punto de vista estrictamente catequístico, yo trataba de resumir mi punto de vista, sin embargo, creo que hay mucho, muchísimo que comentar al respecto, por eso me permito escribir estas deshilvanadas ideas…

A todos nosotros nos tocó vivir épocas del cambio, especialmente porque en nuestra infancia-adolescencia se desarrolló el CEV II, concilio convocado por Juan XXIII, que nos hizo retomar con sentido crítico todo lo que habíamos aprendido sobre nuestra forma de vivir la fe. 

Yo recuerdo en mi primera infancia, la misa en latín, y la abstinencia de alimentos tres horas antes de la comunión, etc. Porque yo empecé (en 66) de monaguillo en los días que se iniciaba el concilio… yo fui educado en la reglas de la confesión semanal y la comunión de los 9 primeros viernes… y en no dejar pasar un día sin confesión, si existía el más mínimo temor de un pecado grave,  y muchas otras cosas como ver en las iglesias a los hombres del lado izquierdo y mujeres del derecho, y todas ellas con velo…

A mi llegada a San Javier, en Querétaro, muchas cosas las encontraba novedosas, pero nunca pensé en analizar desde un punto de vista crítico… precisamente en esos años (68-72) se estaban poniendo en práctica, lentamente, muchas de las recomendaciones que provenían del concilio… y cuando venía de vacaciones a mi casa, encontraba que nuestros curas de la ciudad de México, en ocasiones estaban muy atrasados con respecto a muchas de las cosas que  ya se hacían en Querétaro y que hacíamos en el juniorado, las posturas que debíamos adoptar para las diversas partes de la misa, los cantos, la forma de comulgar etc. estaba cambiando de acuerdo a las directrices de los obispos…

Fue en el noviciado donde comenzamos a estudiar de manera propositiva y detallada todo los documentos correspondientes al concilio, en particular la Sacrosanto Concilio, la Luz de los Pueblos y Verbo de Dios… y de ahí surgían muchas interrogantes en cuanto a la forma de llevar a cabo todas esta explosión de ideas renovadas y actualización de requerimientos nuevos, pero difícilmente aterrizables… por supuesto que desde que estos temas eran tocados en el salón de clase, veíamos y sentíamos la gran dificultad de una gran sector de nuestra propia Iglesia para aceptar cambiar y para ir adelante… Aquellos tiempos (72-75) coincidieron con una enorme toma de conciencia a nivel internacional, de lo que sería una nueva forma de tomar la vida, manifestaciones como los hippies, el paz y amor, el sicodelismo y muchas otras “ondas” hicieron cambiar la mentalidad de nuestro mundo, y precisamente en ese entorno es donde tratamos de instalar todo ese cambio de nuestra amada Iglesia.

La posición de nuestros formadores en postulantado noviciado era muy abierta a los cambios prácticos y de forma, pero muy intolerantes a los cambios de fondo… así que, como estudiantes,  de alguna manera, cada quien se rascaba con sus uñas, había compañeros entusiastas lectores de Romano Guardini, o de Ranher o de Tehilard… pero también había lecturas como las de Bonhoofer  y muchos predecesores de la dichosa teología de la liberación…

Llegando al escolasticado nos inscribimos en el seminario conciliar para tomar  Teología, Luis Benavides era nuestro director, pero también daba clases en el semi… asi que era muy lógico que su ideología fuera muy influyente en nuestra forma de pensar… al comenzar el escolasticado,  yo tuve una gran confrontación interior entre la línea de espiritualidad que traía del noviciado, a la propuesta de Luis… pero llegué a adoptar esta nueva visión. Luis nos daba precisamente “Sacramentaria” en el seminario, y es por eso que me he permitido dar todo este antecedente personal.

el nuevo contexto...

Para empezar, su discurso durante las dos o tres primeras semanas en el curso de sacramentaria, que compartíamos con los diocesanos, era sobre teoría de la comunicación, el planteamiento del  YO, el TU y el NOSOTROS, el proceso de comunicación, lo que son los signos, los significados y los significantes, el idiolecto, el lenguaje etc…el hecho de que mientras no exista un signo que exprese que se ha recibido el mensaje inicial, no existe la auténtica comunicación, etc. etc.

Nada que ver con dogmas o principios, y de pronto una vez que pudimos entender todo lo que implicaba el proceso de comunicación humana,  empezó Luis a explicarnos desde el punto de vista, evangélico y bíblico y a inducir el tema de los sacramentos  en sí… pero analizando y  entendiendo  como procesos de comunicación… de encuentro, de descubrimiento, de diálogo… y sólo hasta el final nos explicó, casi como comentario, algunos aspectos históricos y de la forma, como estos han ido evolucionando a lo largo del tiempo…para llegar a la parte dogmática.

De lo anterior se desprende que el punto central no es el “formato” de los signos: introducir al catecúmeno al agua o echarle un chorrito con una bandeja, o si se le debe dar una cachetada o un trancazo al confirmado, y si los panes deben ser ázimos o se vale consagrar con un pedazo de tortilla… la discusión fundamental es que un sacramento es que un signo sensible portador de la gracia, establecido por la Iglesia que debe ante todo asegurarnos una comunicación real y efectiva… 

todos y cada uno de los sacramentos deben reestructurarse en primer lugar ser un verdadero signo, además de su carácter simbólico, debe tener un contenido perfectamente claro para el que lo da y para el que lo recibe… además, y la parte esencial de esto, es que es el mismo Jesús resucitado el que se hace presente cada vez, para entregarnos a través del medio de comunicación, el objeto del sacramento…

El objetivo no es el pan, ni los anillos, ni el crisma, o la velita,  el objetivo es “la iniciación a la vida cristiana”, o “la integración de una familia”, o la “alimentación continua o cotidiana de nuestra vida de fe”, o la “reconciliación”, o “la fortaleza para enfrentar a la muerte”… es entonces cuando recordamos, el proverbio chino "cuando el dedo señala la luna, el tonto que queda viendo el dedo"

¿quién los da? El mismísimo señor Jesús, a través del ministro, y ¿quién los recibe? Pues únicamente los puede recibir la Iglesia como comunidad de FE y gracias al Espíritu Santo, 

en este proceso, el receptor físico está representando a toda una comunidad específica. 

Todos los sacramentos tienen por lo tanto un carácter fundamental, y los encontramos en el Evangelio. Y también por ello han tenido todo un proceso de adaptación a lo largo de veinte siglos, en los cuales, las autoridades de la Iglesia, han determinado de acuerdo a las circunstancias la forma y las características de cada uno de ellos.

Es por ello que los formatos establecidos basados en una concepción filosófica-religiosa en un ambiente específico determinado por la geografía y la historia, dan costumbres y prácticas específicas y diversas, a lo largo del tiempo:

Los granitos de sal que se les daba a los niños en el bautismo, por ejemplo, en su origen era una purga que se les aplicaba desde la víspera al catecúmeno quien debía purgarse el estómago con muchos vasos de agua de sal y debía permanecer mirando hacia el oriente para evacuar por completo durante la víspera de su bautismo… El aceite que se ungía a los que eran confirmados, coincidía en el tiempo del circo romano con el aceite que se brindaba a los gladiadores para prepararse al combate definitivo, pero después pasó a ser un ungüento para que los recién bautizados después de haberse sumergido en el agua del bautismo, no les provocara un resfriado…y asi sucesivamente. por ejemplo: ninguna persona en su sano juicio busca quitarse el hambre comiendo hostias… Jesús mismo comió pan ázimo pero acompañando al cordero, un cordero que estaba lleno se significados vivenciales para los judíos de ese entonces…  recientemente un joven poco practicante que fue invitado a una misa, me preguntó: ¿por qué se dice que Jesús es un corderito? A él le llamó la atención por qué tantas veces se le menciona como Cordero de Dios… y la verdad es que la respuesta implicaba una explicación muy muy mucho muy amplia… de lo que normalmente no nos percatamos.

Muchos de los sacramentos, apoyados en una una filosofía positivista mal traducida, han dejado de funcionar, porque los signos no corresponden a su significado, es decir, actualmente tenemos que “traducir” el significado de los “signos sagrados” para poder darles contenido, y por lo tanto no son universales… ni automáticos y digo que una filosofía mal traducida porque la Iglesia tuvo que “defenderse” de la embestida de los ataques “protestantes” precisamente en una época en la que las discusiones se hacían a nivel  filosófico, basados en los restos de la filosofía grecolatina y la grandiosa aportación aristotélico-tomista del fraile de Aquino.

el contexto actual

Cuando se popularizó la imprenta en Europa del este y Lutero tradujo la biblia, la gente empezó, como hoy, a cuestionar muchas costumbres, signos y símbolos que provenían de la edad media…esta indigestión y revolución de conocimientos que culminó en auténticas guerras, se vino a pacificar hasta que el concilio de Trento, resolvió todo a base de preguntas y respuestas, definiciones y recetas perfectamente bien redactadas,  tal como lo había hecho santo Tomás en sus dos grandes summas… pero después de eso al llegar "el boom del conocimiento científico", pensemos a partir de Descartes y la nueva filosofía de Kant… y los cientos de descubrimientos  que se popularizaron en el siglo XIX (desde Pasteur hasta Edison, desde Lavoisier hasta Max Plank, sin citar,  mucho más recientes, a Einstein y el materialismo radical y por otra parte el existencialismo que se desencadenó con las guerras mundiales, los descubrimientos sicologicos de Froid, Fromm, etc de nuevo se nuevo se han puesto en tela de juicio, muchos razonamientos que considerabamos inamovibles con respecto a los sacramentos… las explicaciones que trataban de actualizar se basaban en corrientes positivistas que nacieron con el siglo XX, fue por ello que Juan XXIII abrió las ventanas de su oficina privada y exigió el “agiornamiento” . Era indispensable una nueva traducción de toda esa riqueza y toda esa energía que lleva consigo el mensaje del Evangelio, sin embargo en la actualidad encontramos corrientes que tratan de regresar a una tradición que no brota de los orígenes del evangelio sino a entornos de controversia que datan los periodos de decadencia y la correspondiente protesta...

la visión del perdón de Dios para los primeros seguidores de Jesús 

En todo este contexto, qué sucedió con la confesión?, en su origen para la Iglesia era indispensable darle espacio a este enorme capítulo del mensaje de la salvación correspondiente al Perdón y la Misericordia otorgados por Dios… los evangelistas pusieron énfasis en el enorme amor de Dios, pero no dejaron de lado el proceso de reconversión de los que fueron tocados por la misericordia… así tenemos en primer plano los relatos del hijo despilfarrador y su padre que le perdona todo… la historia de la mujer de Sicar (la samaritana) pone de manifiesto que ese perdón no solo es para los hijos de Israel, sino para todos los que escuchan el mensaje de Jesús… y además implica que en el perdón no solo representa borrón y cuenta nueva, sino una nueva actitud de aceptación y de respeto para el ser perdonado… la actitud del contador de impuestos marca un cambio total de vida, implica resarcir al doble o al cuádruple a todos aquellos a los que se les había robado… y una infinidad de detalles en los que Jesús manifiesta “vete y no peques más”… la cereza en la cima del pastel, está precisamente en el relato de Jesús crucificado, en el que encontramos a Jesús diciendo, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, y el diálogo con Dimas, a quien Jesús asegura que hoy mismo estará en el paraíso…

Pero a la primitiva iglesia no le preocupaba “tanto” el asunto de perdonar pecados, sino el hecho de cambiar de vida, y el cambio de vida se manifestaba básicamente en la iniciación cristiana, si una persona cuyo pensamiento y vida estaba centrado en una fe diferente, lo importante para los primeros predicadores era lograr la conversión y esa conversión estaba centrada en creer que Jesús es el verdadero y único salvador y perdonador… por eso toda la catequesis a los catecúmenos implicaba no solo darles a conocer una historia sobre Jesucristo, sino provocar un cambio total de vida, y ese cambio no admitía que el pecador pudiera reincidir en sus faltas

Las familias se convertían al cristianismo en su totalidad y esto implicaba en ocasiones el rompimiento con el estatus social o familiar dentro de las comunidades, ser  perseguidos y asesinados. Por eso la ley del perdón y el arrepentimiento era de cien o cero y se dermostraba con el martirio. Durante los tiempos de las persecuciones y de las luchas por la supervivencia a nadie le preocupaba el hecho de haber cometido nuevas faltas, porque literalmente su vida estaba totalmente empeñada en su condición de nuevos cristianos y en espera del encuentro definitivo…

Cuando los cristianos fueron bautizados desde pequeños...

pero cuando vino la calma, y en los tiempos del emperador Constantino se permitió la práctica del cristianismo, con ello las autoridades civiles ya no tuvieron que detener por la calle a todo aquel que confesara su fe en Jesucristo, asimismo los cristianos comenzaron a dejar de ser “convertidos” mediante una ceremonia que marcara su vida, sino que simplemente nacían como cristianos y así morían… sin persecuciones o martirios y se dio un nuevo formato al bautismo,  se hizo indispensable establecer un código de conducta que diferenciara al cristiano de los que no lo eran, y por supuesto, de acuerdo a las viejas tradiciones se tomó como base los mandamientos de la Ley Judía… a la caída del imperio romano, la llegada de nuevas invasiones y la consolidación de los primeros estados o reinos en toda Europa, las autoridades civiles empezaron a crear códigos de conducta que para ser  convalidados requerían de la anuencia de los jefes religioso que en muchas ocasiones eran los obispos católicos…

los primeros sacramentos institucionalizados...

Existe una inmensidad y diversidad de historias en todo ese periodo de invasiones, luchas y consolidación de los primeros reinos, y asimismo una enorme diversidad de prácticas que caracterizaron a la Edad Media… La Iglesia tenía una característica especial, siempre se consideró única, esto es universal, y dirigida por una sola cabeza… desde los tiempos de los apóstoles, además de la ceremonia de iniciación, que daría origen al bautismo, tal como lo conocemos, también hubo alguna ceremonia de consagración a los presbíteros y diáconos a los cuales solo podía elegir el obispo y el cual solo podía ser nombrado por el papa… de esta manera además del sacramento de la iniciación, se estableció el sacramento de la consagración o unción de los presbíteros… asimismo se estableció el protocolo para la elección de los nuevos papa que originalmente fueron electos entre los obispos residentes en Roma.

También desde los tiempos inmemoriales y desde la época de las persecuciones romanas, se estableció un protocolo de auxilio a aquellos que estaban cercanos a la muerte, esta unción siempre fue diferente a la unción de presbíteros, y se la llamó la ultima unción, o extremaunción.

La otra práctica que la primitiva iglesia tuvo que establecer, fue el recuerdo de la cena del Señor, en la medida que las comunidades de cristianos eran ajenos a las viejas costumbres judías, las celebraciones de pascua y su cena,  y la lectura sabatina de la Palabra de Dios tuvo que modificarse para poder ser celebrada de manera cristiana, estas celebraciones se establecieron en domingo, y el séptimo dia en el que la biblia ordena la oración y meditación, pasó a ser en el primer dia de la semana, a este dia se le llamó “el dia del Señor”, precisamente evocando la resurrección, la lectura de las escrituras se unió a una cena en la que se procuraba la participación de todos los pertenecientes a las primitivas comunidades… y así se estableció el “ágape” cristiano, en el que todos compartían el pan y el vino, y se recordaba la cena del Señor. Muchos siglos transcurrieron antes de que la teología reconociera como tal, la presencia sacramental de Jesús en la Eucaristía, tal como hoy la entendemos… la tradición y las distintas prácticas fueron consolidando el ejercicio de recordar las palabras del maestro y compartir el pan y el vino.

Regresando al tema de la confesión, el establecimiento de los códigos de costumbres en los primitivos estados y reinos, encontró eco en los códigos de conducta establecidos por las primeras comunidades cristianas… códigos que siempre fueron llevados hasta la atención del papa y los obispos… El origen judío del cristianismo conservó muchas imposiciones y costumbres derivadas de las leyes de Moisés y todo el aparato legal que respetaba el pueblo judío… y ya desde los tiempos de san Pablo se discutía si debían observarse o no, tal es el caso de la circuncisión… pero había muchas otras normas de la vida práctica, que debían ser determinadas por la autoridad de un rabino judío… en el caso de la mujer descubierta en adulterio, por ejemplo, se estipulaba que ella debía beber un brebaje especial, que la haría morir de inmediato en caso de ser culpable, si ella se resistía a beberlo, era condenada a ser apedreada porque estaba aceptando su falta, pero ahora, en el seno de una nueva comunidad cristiana, quién sería el encargado de determinar qué hierbas llevaba el brebaje de la muerte?  O ¿cómo se debía juzgar a la mujer adúltera?  Esto que suena cómico, llevó a grandes conflictos durante muchos años… y la Iglesia tuvo que adoptar métodos, muchas veces tomados de las costumbres locales para ejercer justicia… se acudió muchas veces al “juicio de Dios” en que la culpabilidad o la inocencia se ponían en tela de juicio mediante la suerte o la ley del más hábil o el más fuerte…

Las autoridades religiosas aplicando las palabras del evangelio, proponían dar en una primera instancia un serio consejo al pecador, pero si reincidía era reconvenido con testigos, y finalmente era juzgado ante toda la comunidad… la comunidad entera  dictaba el castigo directamente,  previa discusión y deliberación, ahí comenzaron a establecerse los jurados. El pecador, de acuerdo a la ley evangélica recibía el perdón, pero previamente debía cumplir con un castigo al que se denominaba “Penitencia”

La Penitencia debía ser cumplida por el “penitente” en los tiempos y en los términos que se hubiesen establecido por la comunidad, y debía portar un hábito que lo distinguiera, durante todo el tiempo que purgara su castigo, tiempo en el cual era privado de muchos de sus derechos humanos.

Cuando el mundo “civilizado” quedó en manos de los reyes y las nuevas monarquías y los reyes quisieron sostener su autoridad moral en las autoridades religiosas se echó mano de todas esas costumbres ,pero además, las mismas autoridades religiosas se organizaron como la sociedad civil…fue entonces cuando se  empezaron a crear leyes, tribunales, juicios y procedimientos paralelos, pero eclesiásitcos,  que además tenían la prerrogativa de argumentar que se trataba de leyes impuestas por Dios… de esta época es de donde data la determinación y las normas para los sacramentos y los sacramentales…

Se fabricó inconscientemente un sistema celestial a imagen de la organización de un reino terrenal, a Dios se le asignó la categoría de “Rey”, y a María (la humilde esclava del señor) se le consideró una “Reina” con todas las limitaciones y prerrogativas de las damas  feudales  y se establecieron categorías para los ángeles y para los santos que emulaban  los ejércitos y a las burocráticas cortes de los nobles, oficiales y mandatarios… al “cielo” o “reino de los cielos” como lo llamaba Jesús en sus parábolas el que todos son iguales e inmensamente amados por su Padre, lo conceptualizaron como un castillo medieval, lleno de impresionantes  y lujosas recámaras, cuartos llenos de muebles,  golosinas y juguetes, enormes salones de banquetes, y hermosas salas de recepción con interminables listas de vasallos y servidores , damas de honor, cortesanas y peones… con cuartos aislados y con todas las comodidades, esa fue la imagen del cielo.

Pero también se conceptualizó el purgatorio como  áreas para el castigo (temporal), llenas de terribles tormentos y perenemente   recalentados por las llamas que no consumen el cuerpo….Los artistas echaron a volar su imaginación y la reforzaron con imágenes, pinturas,  novelas,  música y obras de arte… todo ese mundo irreal e imaginario…y cuya influencia todavía está presente en nuestros días…

para dar congruencia a este esquema, las faltas y lo pecados se tuvieron que categorizar, surgieron los conceptos de pecados mortales y veniales, de perdón de la culpa y perdón del pecado, y todas esas explicaciones que se tienen que dar para justificar la existencia de un estatus intermedio entre la muerte física y el gozo del paraíso…así como la segunda venida de Cristo. 

cuando la edad media terminó, y cuando la realeza se confrontó con las revoluciones

Al llegar la revolución francesa sabemos lo que ocurrió, y cómo cayó la monarquía. En Inglaterra, por su parte tuvo su proceso, se formaron las cámaras de los lores y los comunes y la figura del Rey comenzó a perder su fuerza.  Asímismo en todo el mundo comenzaron a evolucionar los diversos sistemas de economía, política y forma de gobernar…cuando los reinos evolucionaron a Países. los esquemas con respecto al concepto del cielo, sufrieron fuerte descalabros. La Iglesia, que era considerado como un reino con prerrogativas, tuvo que evolucionar también hasta quedar reducida políticamente al vaticano y en el terreno moral, se tuvo que ajustar a una normatividad a veces fría y atrapada entre los legalismos y la tradición.

Es importante ligar toda esa historia de la humanidad, para poder comprender la historia de los sacramentos.

algunas citas biblicas refrentes al perdón de los pecados...

En particular para la Reconciliación, la tradición de la Iglesia se fundamentó en la afirmación de los apóstoles de Jesús, según la cual este les había dado poder para perdonar los pecados en nombre de Dios. Los sucesores de los apóstoles escribieron que estos les habían transmitido dicha facultad —entre otras—. Como mayor referencia, se lee en el Evangelio de Juan  20, 23: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes perdones los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengas, les quedan retenidos. Asimismo, reafirma este mandato con un pasaje del Evangelio de Mateo 9, 6-7: “Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados dice entonces al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Él se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente  temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres. El procedimiento de la declaración de los pecados también está indicada en la Epístola de Santiago 5, 16: “Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder. Es sabido, por el libro de los Hechos de los Apóstoles, que la confesión de los pecados era una práctica habitual en la Iglesia primitiva, por lo menos en su forma pública. Según la segunda epístola a los corintios 2 Cor 5:18-20, fue Dios mismo entregó el ministerio de reconciliación:..   “y todo esto proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo, y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Somos pues embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo ¡Reconcíliense con Dios!

En el siglo II,

Es decir cientocincuenta años despúes del nacimiento de la iglesia, entendemos que existieron muchos “escritores” con un estilo muy parecido al que encontramos en el apocalipsis, llenos de simbolismos, imágenes estridentes , claves numerológicas y catastróficas predicciones… una obra que data de este entonces es “el Pastor” escrito por Hermas, sus escritos fueron nominados pero nunca aceptados como parte de la revelación… Hermas fue un hombre que vivió muy atormentado toda la vida por el amor ilícito que le tenía a una mujer… y por ello en sus escritos manifiesta y plantea con cierta claridad el problema de que mientras que algunos teólogos afirmaban que no hay más penitencia que la del bautismo, Hermas piensa que el Señor ha querido que exista una penitencia posterior al bautismo, teniendo en cuenta la flaqueza humana, pero en su opinión solo se puede recibir una única vez ese segundo perdón. De todas maneras, cree que no es oportuno hablar a los catecúmenos de una «segunda penitencia», ya que puede causar confusión, puesto que el bautismo tendría que haber significado una renuncia definitiva al pecado.

Es decir: para la primitiva iglesia, el bautismo era el único sacramento del perdón, y exigía un cambio total de conducta… pero ya en el siglo segundo, se plantea la necesidad de un signo que manifieste de nuevo el “perdón”, independiente del bautismo, tras haber recaído en una conducta que esté fuera de lo que Dios espera de nosotros.

A comienzos del siglo III,

esa única penitencia eclesiástica años después del bautismo ya estaba perfectamente organizada y se practicaba con regularidad tanto en las Iglesias de lengua griega como en las de lengua latina.

El obispo Hipólito de Roma escribió que dicha potestad de “perdonar los pecados”  la tenían solo los obispos. En ambas tradiciones, y hasta fines del siglo VI, no se conocía sino esa única posibilidad de penitencia, que había sido denominada por Tertuliano, «segunda tabla de salvación»

La práctica de la penitencia comenzaba con la exclusión de la eucaristía y terminaba con la reconciliación, que volvía a dar al penitente el acceso a ella. El tiempo penitencial generalmente era largo y dependía de la gravedad del pecado. Las etapas de la excomunión estaban claramente fijadas: 

- primero el pecador debía confesar el pecado a solas ante el obispo; y después, 

- era admitido a la penitencia eclesial; durante algún tiempo (semanas o meses) tenía que aceptar el humillante estado de penitente, que manifestaba incluso con un vestido especial, debía mostrar su conversión y perseverancia con obras de penitencia (oraciones, limosnas y ayunos y quedaba excluido de la Iglesia en la medida que no podía recibir la eucaristía y era apartado de la comunidad (no podía asistir a las reuniones); finalmente, 

- después de que la comunidad había orado por él, el penitente obtenía la reconciliación, normalmente mediante la imposición de las manos del obispo. 

Todos los pecados graves, incluso los tres capitales (apostasía-idolatría, homicidio y adulterio) podían ser perdonados; y todos los pecados —incluso los secretos—, debían ser sometidos a la penitencia recibida del Obispo. En este sentido, Ambrosio de Milán afirmó: “Dios no hace distinciones, porque prometió a todos la misericordia y concedió a sus sacerdotes la facultad de absolver sin excepción alguna. Aquel que exageró el pecado, que abunde en penitencia; los mayores crímenes se lavan con grandes llantos.”

En esta misma línea, Agustín de Hipona, alumno de Ambrosio, ofrece la primera teoría acerca de la eficacia de la reconciliación penitencial: El perdón es propiamente fruto de la conversión, la cual es a la vez obra de la gracia divina, que actúa en el interior del hombre, pero es la caridad —que el Espíritu Santo difunde en la Iglesia— la que perdona los pecados de sus miembros. El sacerdote obra en nombre de la Iglesia, que es la que «ata y desata» los pecados. Las palabras que Jesús había dirigido a Pedro las dirige a toda la Iglesia, que tiene el poder de las llaves: «Es a los ministros de su Iglesia, que imponen las manos sobre los penitentes.

En el primer tercio del siglo IV, 

En el Concilio de Elvira determinó penitencias de tres, cinco años y hasta de toda la vida. Según este concilio, los penitentes debían ser reconciliados en el mismo lugar donde habían sido excluidos, y el obispo que los reconciliaba debía ser el mismo que los había excomulgado. La reconciliación iba acompañada de la imposición de manos por parte del obispo y de los presbíteros que le asisten. El tiempo de Cuaresma se considera el más apto para practicar la penitencia pública.

La práctica de la penitencia canónica después del siglo IV no modifica sustancialmente su estructura y severidad. El III Concilio de Toledo (aprox.  en el año 589) condenó el uso reiterado de la reconciliación que ya en algunos lugares de la península ibérica se concedía privada y repetidamente sin distinción de especie de pecado.

A partir del siglo V

la institución de la penitencia canónica entra en crisis. Las cargas que comporta son extremadamente duras; entre estas destaca la de la "continencia perpetua", razón que invoca, por ejemplo, el concilio de Arlés para no admitir a la penitencia a un pecador casado si no cuenta con el consentimiento de su esposa. 

Tratándose de hombres y mujeres de edad inferior a los 30 o 35 años, los obispos y concilios se muestran partidarios de retrasar la imposición de la penitencia, a fin de evitar castigos mayores, como el de la excomunión, en caso de abandono de la práctica penitencial.

Según el papa León I, muchos pecadores esperaban los últimos momentos de la vida para pedir la penitencia, y una vez que se sentían recuperados de su enfermedad, rehuían al sacerdote para evitar someterse a la expiación. La penitencia eclesiástica no se aplicaba por lo general a los clérigos y religiosos que incurrían en pecados graves, ya que se pensaba que su dignidad podía recibir agravio; solo se le deponía de su cargo, podía acogerse a la penitencia privada y llevar una forma de vida monástica, que era considerada como un segundo bautismo que permitía el acceso a la eucaristía.

a mediados del siglo VI

Un capítulo importante para rastrear los orígenes de la penitencia privada es el que se refiere a las prácticas penitenciales de la vida monástica. Los «libros penitenciales», que son la primera y principal fuente de la llamada «penitencia tarifada o arancelaria» (antecesora de la penitencia privada), comienzan a aparecer a mediados del siglo VI, bajo la influencia de comunidades monásticas implantadas en las Islas Británicas.

El principio de «no reiterabilidad» se deja de observar cuando se popularizó la penitencia «tarifada o arancelaria», que puede practicarse cuantas veces se considere necesario. Su uso no estaba sometido, a unos tiempos litúrgicos determinados ni a una forma solemne de celebración que exija la presencia del obispo, sino que se realiza de forma individualizada, con la sola intervención del penitente y, del presbítero confesor. Este, oída la confesión del penitente, le impone una «penitencia» proporcionada a la gravedad de su culpa, y su estado de monje, clérigo o casado; y le remite a un nuevo encuentro para darle la absolución, una vez que ha cumplido la penitencia impuesta. La confesión se hace espontáneamente o por medio de un cuestionario que utiliza el confesor.

La “Instrucción de los clérigos” escrita por  Rábano Mauro en el año 856 sienta el principio de que si la falta es pública, se aplicará al penitente la penitencia pública o canónica; si las faltas son secretas y el pecador confiesa espontáneamente al sacerdote o al obispo, la falta deberá permanecer secreta. Los «libros penitenciales» recogen el conjunto de faltas graves y leves en que puede incurrir un cristiano, para ayudar a los confesores a fijar equitativamente la duración y el sacrificio de las penitencias, que corresponden al número y gravedad de las faltas. Esta evaluación o «tasación» desciende a todo tipo de detalles, y fija con absoluta precisión los tipos de mortificaciones, vigilias y oraciones. Las penas pueden durar hasta años. El más antiguo de los penitenciales conocidos es el Penitencial de Fininan, escrito a mediados del siglo VI en Irlanda; y le sigue el Penitencial de san Columbano, uno de los más completos, escrito a fines del mismo siglo.

La penitencia tarifada tiende a una exagerada cuantificación de la realidad moral del pecado y a su compensación penitencial o penal, subordinando excesivamente el perdón a la obra material que realiza el penitente como satisfacción por el pecado.

 Este materialismo dará paso con el tiempo a conmutar penas por dinero en limosnas o misas; sobre este particular, ya Bonifacio de Maguncia en el año  755 ofrecía criterios al respecto, y el papa Bonifacio VIII en 1303 los llegara a calificar de «afortunado negocio». 

El Penitencial de Pseudo Teodoro (entre 690 y 740) dice expresamente que aquel que «por su debilidad no pueda ayunar», ni hacer otras obras penitenciales, «escoja a otro que cumpla la penitencia en su lugar y le pague para ello. Hoy esto nos parece increíble… pero muy cercano al criterio de las indulgencias.

A partir del siglo IX, 

los libros litúrgicos, que hasta entonces contenían solamente el rito de la penitencia eclesiástica o canónica, incluyen ya el ordo de la penitencia «privada». A partir del año 1000 se generaliza la práctica de dar la absolución inmediatamente después de hacer la confesión, reduciéndose  todo, a un solo acto, que solía durar entre veinte minutos y media hora.

A finales del primer milenio, la penitencia eclesiástica se aplica únicamente en casos muy especiales de pecados graves y públicos. La penitencia privada, en cambio, se ha convertido en una práctica extendida en toda la Iglesia. Por lo general, la práctica de la confesión no es muy frecuente, de hecho, el Concilio IV de Letrán en  1215 impondrá el deber de confesar los pecados una vez al año.

En el siglo XIII, 

las órdenes mendicantes intensifican la llamada a la conversión y reforma de vida, fomentando la práctica de la confesión. Se redactan «manuales sobre la confesión» que suplen a los libros penitenciales.

Entre las prácticas penitenciales cabe destacar la «peregrinación» a lugares santos de la cristiandad (Jerusalén, Roma y Santiago); hasta los párrocos podían imponer estas peregrinaciones como penitencia, teniéndose ya sencillos rituales para entregar insignia, talega y bordón. Otra forma de penitencia que se impuso fue la flagelación; y no solo para penitentes, sino recomendada para cristianos deseosos de mortificación Estas práctica llega varios siglos después a nuestras tierras americanas y es adoptado por los indígenas que recibían con beneplácito dolorosas penitencias para “complacer o stisfacer” a las nuevas divinidades.

Algunos ejemplos de tarifas o aranceles para monjes, extraído del Poenitentiale Columbani: homicidio: ayuno de diez años; sodomía: ayuno de diez años; fornicación (una vez): tres años; fornicación (varias veces): siete años; robo: siete años; masturbación: un año.

El problema  teológico que surge a partir de este periodo es  ¿qué valor tienen, para el perdón de los pecados en cuanto ofensa a Dios, el esfuerzo penitencial del pecador arrepentido y la intervención de la Iglesia? Es decir: como la confesión se convierte en un acto privado, parecería que el Perdón de Dios está condicionado a la actuación del pecador declarando sus pecados y aplicando personalmente el “pago” tarifado por sus culpas…pero, el perdón de Dios solo se da en Iglesia, y solo los ministros pueden “atar y desatar los pecados” para evidenciar este hecho se da entonces una gran importancia a la absolución que da el ministro. 

Surgió una discusión escolástica acerca de la cuestión de si la absolución impartida por el sacerdote posee una eficacia causal. ¿es la declaratoria que hace el penitente, o la bendición que hace el cura, lo que produce el perdón de los pecados?

Hasta mediados del siglo XIII 

se pensó que era el hecho de declarar los pecados. Esta será denominada teoría declaratoria; la absolución del sacerdote es sólo una confirmación autorizada de que Dios ya ha perdonado su culpa al pecador arrepentido. 

En cambio a partir del siglo XIII, 

la teoría clásica que alcanzara el consenso general católico, dice que es la absolución en si misma la que “produce” el perdón. Según esta teoría —defendida por Tomás de Aquino y san Buenaventura-  el efecto de la absolución impartida por el sacerdote consiste en el perdón ante Dios.

En la temprana Edad Media la confesión misma de los pecados era considerada la parte más importante del sacramento. En el caso de no encontrar un clérigo, dice Lanfranco de Canterbury, en su Tratado sobre el secreto de la confesión, podría hacerse la confesión a un hombre considerado honesto; este no tiene el poder de desatar, pero el penitente que confiesa así se hace digno de obtener el perdón en virtud de su deseo de hacer la confesión al sacerdote. No hay que desesperar, si no se encuentra un confesor, porque los Padres coinciden en decir que basta la confesión a Dios. Con la penitencia «tarifada» la figura del sacerdote confesor adquiere gran relieve social. Esto dio pie a la mayoría de los reclamos del protestantismo, de hecho, en muchas de sus vertientes existe una exigencia mucho mayor, de frente a una confrontación ante la conciencia personal, que ante el juicio de un mortal que es también pecador... dejo hasta este punto este relato, para no involucrarnos en las controversias de la épocas de las dolorosas divisiones de la Iglesia. 

Como podemos ver, el asunto de la Reconciliación considerada sacramento, desde siempre ha sido un tema fundamental, y ha dado lugar a interesantes discusiones, en la actualidad, si partimos de las cinco condiciones o etapas para una buena confesión, podemos abarcar y resolver todo el panorama de esta problemática, (examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca, y cumplir la penitencia), porque al seguir los cinco puntos de esta sencilla "receta" nos enfrentamos a un programa integral que implica la revisión exhaustiva de nuestras faltas, el sentimiento de contrición, en el que el Espíritu Santo nos mueve a un cambio integral, la reparación de los daños, tomar las acciones necesarias y modificar nuestro estilo de vida, la expresión verbal de nuestra situación...y la penitencia simplificada hasta el punto de ser estipulada por el confesor y su cumplimiento bajo nuestra responsabilidad, culminando en la absolución, como signo del perdón.

Como todos los esquemas, son un excelente medio, que requiere muchos requisitos tales que pueden ser incompletos o imperfectos... y es ahi donde se requiere una enorme preparación, tanto del penitente como del confesor... la mayoría de nosotros fuimos iniciados a la práctica de la confesión cuando éramos niños y no podíamos comprender la gravedad de las situaciones en las que nos envuelve el pecado, especialmente los pecados "mortales"... ¿cómo un niño de 7 años puede entender en todas sus consecuencias lo que significa un asesinato, un adulterio o un suicidio, o lo que te motiva a caer en apostasía?... y así crecimos, y sólo lo que nuestra experiencia nos permite entender como "malo" lo entendemos como "pecado"... y si nuestras faltas son "errores" y no precisamente "decisiones"...¿cómo podemos entender la culpa? 

Ahora bien, por parte del confesor, ¿cómo puede entender al penitente que roba por hambre, o que asesina por negocio, no solo en un crimen de película, sino al que contamina el agua con su fábrica, o al que vende productos tóxicos, o a la mujer que se entrega sin amor, y por solo "costumbre" ante un hombre que le causa repugnancia, pero es el padre de sus hijos...? o a un hombre se juega la vida en una carrera de autos o una ruleta rusa.  A veces es imposible que el confesor entienda a su interlocutor... y ¿debe absolverlo?. Un amigo sacerdote me platica de casos en que el penitente habla otro idioma, y al confesar sus pecados utiliza su lengua materna... ¿basta la buena  intención? ¿es posible abandonar un amor de diez o veinte años, o de toda la vida, cuando "aparecen" otras personas de por medio? en fin... múltiples situaciones que no corresponden a un esquema tan simple como ir corriendo al confesionario expresar una serie de tonterías y esperar que con una absolución nuestra alma quede limpia para poder comulgar otra vez.... A otro amigo, ministro especial de la Eucaristía, que era enviado a llevar la comunión a una persona, que estando "in artículo mortis", solicitó la confesión, cuando se presentó el sacerdote para dar la absolución, la moribunda pidió que la confesara la persona que siempre le llevaba la comunión... el sacerdote le pidió al ministro que accediera por única ocasión... ¿es válido el perdón de Dios?

En mi caso personal, durante mi infancia y adolescencia nunca tuve problema alguno dentro de este esquema convencional, al salir de la congregación y recibir el matrimonio, tampoco tuve ningún problema con la confesión... sin embargo, durante toda mi infancia, mi mamá siempre vivió separada de mi padre... eran los años 50 y 60, yo con mi madre y mi abuela éramos de comunión diaria, sin embargo, me llamaba la atención por qué mi mamá debía asistir cada mes a confesarse, pero lo curioso es que sólo lo podía hacer con un cura que para poderlo ver, debía atravesar toda la ciudad... ¿por qué no te confiesas con cualquier padre, como yo lo hago? preguntaba yo a mi mamá. Mucho tiempo después entendí que a ella le negaban la absolución al declarar que estaba casada pero no vivía con mi papá... fue hasta el año 84 en que después de un juicio eclesiástico se declaro nulo su matrimonio y pudo acercarse a los sacramentos normalmente... ¿qué ocurre con la Penitencia? ¿existían los penitentes en pleno siglo XX?

Pero las desgracias no vienen solas, yo al terminar el año 89 me separé de mi esposa. El primer año fue de crisis e intentos por recomponer la situación, pero en vez de lograr un acuerdo me hundía cada vez peor en una problemática sin fin: inconformidad, depresión, violencia, etc. Comencé a recuperar mi estabilidad emocional cuando atendí a mi psicóloga que me recomendó ampliamente tramitar de inmediato mi divorcio... cuando lo hice, comenzaron a cesar los problemas y empezó una época que me permitió tener un poco más de paz. Duré diez años antes de volver a casarme... 

En toda esa temporada mi problema más grave era precisamente la PENITENCIA, precisamente porque, aunque el sacerdote no tocara el tema, e independientemente del factor psicológico (justificación, proyección etc.), había puntos que no podía yo asimilar, si la pentiencia exige la reparación de falta, ¿cómo podía yo reparar esta falta? 

Eran tres vertientes en que yo analizaba en mi situación , en primer lugar "el daño causado a mi esposa durante los trece años que duró nuestra relación" en los que como ella decía "le eché a perder lo mejor de su vida", porque yo estaba concentrado en mi trabajo... era imposible rebatir que ella dio lo mejor de si misma mientras yo solo me preocupé de mi superación personal y mi trabajo, sin interesarme los aspectos de crecimiento de ella como persona, como mujer etc ... lo mejor que pude hacer fue solventar los gastos de su terapia y asegurarme de que no le faltara un techo durante el periodo de readaptación... 

La segunda vertiente era "el problema de mi hija"... La comunicación con Eva fue extraordinaria desde el momento de su concepción, había una serie de lazos psicológicos que nos mantenían en sintonía, y una comunicación directa y de apoyo que se destrozó en el momento que salí de casa... este fue sin duda una daño irreparable. En un principio busqué que esta relación se compensara con mis visitas de fin de semana, pero fue inútil, Eva bajó de calificaciones, perdió el año escolar y empezó a manifestar una serie de problemas... de inmediato busqué que recibiera también atención psicológica, pero tardamos mucho en encontrar un terapeuta con el que pudiera empatizar... el acuerdo con su mamá era que "ella buscara escuela y yo cubriría los gastos", y asi fue hasta que ellas llegaron al Montignac, que para mí fue una verdadera ventana de salvación... después de una corta temporada fuimos llamados por la escuela en virtud del bajo aprovechamiento de Eva, ahi nos hicieron comprometernos cada quien en su linea a poner lo mejor de su parte para mejorar el aspecto escolar y gracias a eso pudo terminar su Bachillerato. Eva decidió proseguir en la UIA en la carrera de Ingeniería Biomédica y pudimos apoyarla, pero en si, la relación mía con ella estaba muy deteriorada... la llegada de la  juventud, cuando los intereses de los hijos cambian, me permitieron salir por cuerdas y mantenerme a una sana distancia hasta que terminó la carrera, después decidió irse a Canadá, y cuatro años después regresó con marido e hijas... 

La tercera vertiente fue el daño contra la misma imagen matrimonial, desde el punto de vista social, nuestro matrimonio era un bonito ejemplo y punto de referencia para muchas parejas, que al destruirse, se convirtió en una evidencia totalmente negativa... creo que también hice mucho daño a la gente que confió en nosotros como pareja.

El camino de la reconciliación, en mi historia personal tuvo que atravesar por un juicio de anulación, que después de la segunda instancia declaró nulo e inexistente mi matrimonio canónico, dejándome en libertad para nuevas nupcias, este proceso por supuesto implicó una valoración por parte de un nuevo psicólogo especialista, y una temporada de terapia... lo más chistoso fue que el presbítero que me entregó el documento anulatorio me recomendó "que ya madurara"... yo pensé ¿y cuándo mi Iglesia va a madurar? 

Unos años atrás, una familiar mía que había emigrado a los estados unidos, empezó a tener problemas con su marido, el joven en nuestro concepto era una excelente persona, sin embargo el ambiente americano convirtió a este señor en un verdadero monstruo, mi prima acudió en medio de la violencia y desesperación en que se vio envuelta, a una iglesia metodista... las personas encargadas en esa iglesia, se encargaron de tramitar el divorcio, darle protección y regresarla a México, además se comprometieron a velar por la educación de sus hijas y no dejaron de apoyar a las pequeñas hasta que terminaron sus estudios superiores... 



     

  


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