DOCTOR EDUARDO DEL RAZO
ADENDUM AL COMENTARIO SOBRE EL DOCTOR EDUARDO DEL RAZO
Este comentario solo pretende complementar el artículo 24, en la página 71 del libro Destellos de Luz de don Ignacio Gutiérrez…
Para mí fue muy impresionante descubrir en este librito que en realidad es una antología de breves relatos sobre distintos temas interesantes, digo, para mí fue muy impactante encontrar el nombre del “Doctor Eduardo Del Razo”, y todavía más, descubrir la similitud que tuvo en mi vida, con la historia personal de Nacho.
Pues bien, cuando mi mamá se alivió de mi nacimiento, ella vivía con mi abuela y con una prima en la misma casa, en las calles de San Ildefonso en el centro de la ciudad y mi llegada al mundo fue una gran novedad ya que en esa casa, hacía varios años que no vivían más que tres damas y ningún niño… así que no contaban ni con los servicios de un médico pediatra particular ni de ninguna institución oficial, tal como lo relata el libro de Nacho, ya que el IMSS y él nacieron en el año 45, y yo en el 54…
Así que los vecinos y amistades le sugirieron y recomendaron a mis mamás que acudieran a ver a una lista de médicos. Ellas recurrían con frecuencia con un carpintero de nombre Antonio Hernández cuando requerían urgentemente los servicios de transporte, y él fue el que llevó en su camioneta a mi mamá al hospital donde yo nací… este señor fue el que les recomendó al doctor Del Razo, que comenzó a atenderme a los ocho días de mi arribo a este mundo esto fue aproximadamente el día 23 de noviembre del 54… este médico se enfocó entonces a revisar la integridad de mi humanidad, y a dar recomendaciones generales de alimentación higiene y cuidados a las dos nuevas mamás (mi madre y mi abuela) la primera, en su primer evento como mamá y la segunda que hacía 24 años había tenido su último parto y ahora se estrenaba como abuela…
Y desde ese momento feliz, el Doctor del Razo se entendió conmigo, para vigilar mi desarrollo, para curarme cuando atravesaba crisis de salud, o cuando acompañaba a mis mamás para la consulta de sus enfermedades, e inclusive, como relato más adelante, para ser mi cómplice en algunas actividades.
Cuando yo era bebé, cabe mencionar que un día el doctor juzgó oportuno decir que a mi mamá: - ¿señora, de qué tipo de leche consumen ustedes en casa?,
-la que vende el lechero-, contestó mi madre,
- ¿ no saben ustedes que la gente dice que los lecheros “bautizan” con agua de extraña procedencia a toda la leche, que le mezclan una cantidad de semilla de calabaza y grasas de distintos animales para darle cuerpo? Qué los lecheros meten las manos y los brazos para diluir todo esto dentro de los botes lecheros?
- Pues todo eso se dice, pero esa es la leche que compramos y utilizamos…
Entonces el doctor del Razo, dijo con amplia convicción:
- “pues de esa leche es la que le van a dar a beber a Jorge, primero deberán hervirla y agregarle agua hervida, para dar la proporción necesaria, tienen que ir combinando con la leche materna de la siguiente manera… etc etc”
Esa fue una de sus primeras recomendaciones…
Normalmente acudíamos a la consulta a las calles de Jesús Carranza 70, en el barrio de Tepito, en una vecindad de cinco patios, en un rumbo de la ciudad que venía deteriorándose cada vez de una manera alarmante… el doctor ocupaba como consultorio una vivienda en una planta alta de un edificio muy deteriorado, en el que teníamos que subir varias escaleras y atravesar por una serie de largos pasillos mal iluminados hasta llegar a un departamento, en el que sólo se contaba con una amplia sala de espera en donde se ubicaba una joven recepcionista que asignaba los “turnos”, y otra habitación que siempre permanecía cerrada, en la cual daba consulta el galeno de nuestra historia…
En ese cubículo destacaba su viejo escritorio de madera, bastante deteriorado y muy amplio, cubierto con un vidrio bastante maltratado, debajo del cual había todo tipo de propaganda médica, recetas de consulta viejas, e imágenes de Jesús y de la Virgen María… sobre ese escritorio también destacaba una vieja lámpara orientada siempre hacia el techo y la pared lo cual permitía una iluminación indirecta, bastante cómoda, ya que el Doctor, jamás encendía las luces del consultorio.
Las paredes estaban tapizadas de repisas con medicamentos de todo tipo, así como viejos instrumentales médicos, tales como sillones para auscultación y creo que hasta una silla de dentista y decenas de cajas… todo estaba cubierto con sábanas blancas y polvosas… las repisas y los medicamentos de más uso, así como el escritorio y las sillas para los pacientes, estaban siempre impecablemente limpias y ordenadas, pero todo lo demás era un caos.
Las repisas y las medicinas permitían el paso a la luz de las viejas ventanas, cubiertas todas con vidrios traslúcidos llenos de polvo que siempre permanecían cerradas, y por donde se alcanzaban a ver la calle a través de algunas rendijas hechas por alguna pedrada o golpe jamás reparado… cuando alguna vez yo me acercaba a esas ventanas, dentro de mi inquietud investigadora de niño latoso, el Doctor con gran severidad me pidió amablemente que no me acercara a esas ventanas porque daban a la calle, y con frecuencia había disparos…, y señalándonos el plafón de su consultorio, nos enseñó varias horadaciones producidas por impactos de bala, que se habían sido disparados desde la calle, y que habían penetrado accidentalmente en ese aposento a pesar de que nos encontrábamos en un segundo piso… por lo que “las ventanas resultaban peligrosas”.
Las citas para la consulta se entregaban a las siete de la tarde, y los pacientes debían esperar redundantemente, con toda la paciencia, hasta la hora que llegaba el médico, generalmente a las 20:00 horas, y hasta que tocará tu turno. El número de pacientes era fluctuante pero nunca menor a 15 personas, que lo consultaban diariamente, el doctor terminaba su trabajo cerca de la media noche, hasta que terminaba de atender al último paciente… y eso era todos los días hábiles.
En alguna ocasión mi mamá le preguntó que si no temía por su seguridad, y él con una sonrisa excepcionalmente tranquilizante, contestó: ”no me preocupa porque aquí todos me conocen”, hasta me han traído a los heridos o a los muertitos, y todos en el barrio me conocen y respetan. Es más, me cuidan”.
Mi mamá alegaba, -“pero, doctor, cómo es que cierra y deja aquí todas su cosas cuando se retira…”- el doctor con una calma sorprendente añadió: “no se crea, cada rato entran aquí cuando yo me voy, por eso ya no pongo la chapa, porque siempre me la rompen, así que les dejo todo, y nunca me falta nada, eso sí, nunca dejo dinero, y ya saben que aquí lo único que hay son medicinas y mis plumas, así que tampoco les dejo nada importante o de valor…
Al respecto el ilustre galeno tenía una extraordinaria capacidad para hacer ver las cosas con un tinte de humor… nos enseñó una ocasión un fajo de billetes que traía en el bolso de la camisa, y otro en la bolsa del pantalón, ambos tenían en la parte externa un par de billetes nuevos de un peso, y el resto, eran pedazos de papel periódico, cortados, doblados y acomodados como si fueran billetes… envueltos en una bolsita de papel de estraza y una liga, simulando una buena cantidad de dinero… -“estos los traigo aquí porque el sábado fui al futbol, porque me encanta asistir a ver el juego en el estadio, lo que sucede es que antes, siempre me “bolseaban” a la entrada o la salida, y aprendí a llevar estos “bultitos de dinero” para que los rateros me los quiten y me dejen en paz, el dinero lo guardo de otra manera, para que no puedan quitármelo…-
El doctor, sin perder la seriedad de un ilustre facultativo, siempre estaba rebosante de alegría, muy pocas veces se le vio molesto, angustiado, preocupado o tratando de hacer las cosas de carrera, siempre tenía una sonrisa para sus pacientes, especialmente para romper el hielo de las consultas. Pero se concentraba en la enfermedad y en sus sabios consejos en forma amigable.
Mi abuela iba perdiendo poco a poco el oído, y cada vez que pasaba a consulta iniciaba diciendo que cada día le costaba más trabajo poder oír con claridad… El doctor, con toda seriedad le contestaba:
-¿señora, y para qué quiere Usted oír a las personas?... dicen puros chismes, mentiras, tonterías y vaciladas que Usted no necesita escuchar… mejor déjelo así, son puras tonterías que no merece la pena que Usted atienda, ¿le gusta la buena música?, le gustan las novelas del radio?, ¿le gusta escuchar las pláticas de sus hijos?. Pues, escuche eso nada más, lo demás no tiene por qué escucharlo… no vale la pena…
A mí también me hacía reir. en una ocasión acudí debido a una pequeña infección en vías urinarias… y el Doctor, con una gran seriedad me preguntó:
- “ te gusta el color azul? A lo que yo respondí afirmativamente…. El doctor prosiguió, ¡qué bueno! Porque con la medicina que te voy a recetar, vas a estar orinado de color azul por un mes… pero después, regresas conmigo para ver si te gustó el color, podrás seguir orinando azul o le cambiamos al color de la pipí… ¿de acuerdo?
En fin, innumerables veces mis mamás y yo acudimos a ese consultorio, y con las visitas a este médico, no solo recuperábamos la salud, sino siempre regresábamos a casa con una sonrisa… y el ánimo fortalecido.
En alguna ocasión nos atrevimos a platicar con la señorita que daba las fichas a las siete, y como ya nos conocíamos un poco, le preguntamos por qué era que el doctor atendía así, en ese lugar y en ese horario, y en ese barrio tan poco recomendable… y ella, también después de buscar crear total confidencialidad, nos explicó que el Doctor, le había prometido a su padre, en el lecho de muerte, que toda su vida iba a atender de manera especial a la gente más necesitada. Y por eso, era un compromiso para él, semejante al juramento hipocrático, el atender a estas personas y en estas condiciones. El siempre cobraba tres pesos, y en los últimos años subió a cinco pesos… además les proporcionaba a sus pacientes, toda la medicina que tuviera a su alcance y no cobraba por ella…
Pero no pensemos ni por un momento que el buen don Eduardo era sólo una alma de la caridad, en muchas ocasiones, daba consulta a domicilio, y entonces sus honorarios dejaban de ser de cinco pesos, y dependiendo del paciente y la colonia que visitaba cobraba sus honorarios, que tampoco eran exagerados…
Por otra parte a muchos de sus pacientes no los recibía en Tepito, sino en su consultorio en la colonia Del Valle, donde tenía una hermosa residencia, todo lo contrario a su dispensario de Jesús Carranza, impecablemente decorada y limpia, en la sala de espera se escuchaba siempre música clásica (de preferencia de violín) con una claridad y fidelidad sorprendente para la época, además de ser música relajante, tenía la particularidad de ser siempre música de los grandes compositores.
Además cuando la música cesaba, se escuchaba en su patio un extraordinario concierto de pájaros cantores, que alternaban silencios con una profusión de canto natural extraordinaria, calculo que tendría por lo menos una veintena de aves canoras que daban un marco extraordinario al ambiente de su casa.
La casa no era lujosa, pero sí había sido diseñada por algún excelente arquitecto y tenía cuidados todos los detalles de circulaciones, acabados, servicios y sobre todo iluminación y ventilación natural, daba gusto pasar a consulta y estar ahí, aunque fuera solamente un rato…
Por otra parte, teníamos conocimiento de que el Doctor trabajaba como tal en varios de los hospitales públicos y privados más importantes de la ciudad, donde con cierta regularidad realizaba cirugías especializadas, lo que seguramente le daba un estatus económico elevado, sin embargo, nunca hizo ostentación de eso.
En alguna ocasión yo, siendo un chamaco, participaba en las colectas parroquiales, para recabar fondos. Nuestra parroquia era la de Nuestra Señora de Guadalupe de los Hospitales ubicada en la calle de Niños Héroes, casi enfrente del entonces Hospital General, en la colonia de los Doctores… Cuando llegaron para hacerse cargo de ese templo los padres agustinos recoletos, empezaron por comprar un par de vecindades, prácticamente en ruinas, y ahí construyeron un templo provisional, luego hicieron demoler la antigua construcción de la iglesia, y construyeron en su lugar un novedoso templo, bastante sobrio, pero mucho más amplio, cómodo y seguro, con la participación de todos los feligreses, modestamente yo, cada quince días me dedicaba a colocar unos boletitos con distintas denominaciones, que únicamente tenían la leyenda “bueno por la cantidad de --- como DONATIVO para la construcción del templo…” y yo fui pedirle al Doctor del Razo su donativo, él me exigió santo y seña de la obra y del lugar, y me dio su cooperación, pero, además me dijo: “ te sugiero que me busques a la entrada del hospital y allá vamos a hacer una buena colecta… me citó un día a las siete de la mañana en la entrada del Hospital, y ambos acudimos con toda puntualidad…
El me llevó a la entrada exclusiva para los médicos, y me explicó, “todos los que pasen por este pasillo son médicos, así que a ellos hay que pedirles, pero, si te preguntan cuánto hay que dar, no digas una cantidad menor a quince o veinte pesos” (eso era para mí una cantidad exagerada) pero así lo hice, y él mismo estuvo convenciendo a algunos de sus colegas, para que pasaran conmigo… nunca me imaginé la cantidad de aportaciones que ese día pude recolectar… cuando entregué el dinero, los padres agustinos se quedaron sorprendidos… y yo les conté que el doctor del Razo lo había hecho.
En lo personal, durante toda mi infancia, siempre tuve la atención personal del doctor, fuera en su casa, o en su consultorio de Tepito, pero también muchas veces acudió a mi domicilio, con una asertividad extraordinaria.
Me encantaba que después de la consulta nos dirigiéramos siempre a la farmacia “San Isidro”, donde nos preparaban la medicina, ya que él, a la vieja usanza, preparaba sus “recetas” con fórmulas de patente, pero eran de su patente profesional, es decir, en vez de utilizar como medicamento un producto registrado por una empresa farmacéutica, él formulaba en su receta los ingredientes, los fármacos y sus cantidades, para prepararlas… y sólo algunas “boticas” podían elaborar esos productos farmacológicos, y bajo la prescripción y la patente de un médico…
Yo desde que nací tuve el problema de contar con unas anginas muy grandes, y cada temporada de lluvias, y a la más mínima infección, sufría de cuadros de altas temperaturas, y los médicos que atendían la emergencia, diagnosticaban que era indispensable operar mis anginas. Del Razo siempre se opuso de manera categórica y alegaba que él me conoció desde que llegué al mundo y que yo no tenía anginas, sino un par de pelotas de beisbol alojadas en mi garganta, y que era evidente que cuando hubiera infecciones en mi organismo, esas “anginas-de beisbol” eran mi principal defensa y por eso se inflamaban.
Hubo una ocasión en que gracias a un examen médico que se practicó a todos los alumnos en mi escuela, y yo resulté tener un problema cardiaco… el médico al cargo, me envió a casa y mi mamá muy asustada, consiguió de inmediato la cita con el Doctor del Razo… él me revisó y ordenó me realizaran unos estudios, y finalmente dio su opinión, por escrito, señalando que, con base en su especialidad profesional (entiendo que cardiología), yo era un niño totalmente sano, es decir que él llevó siempre su registro médico de todo lo que aconteció en mi infancia. Cuando yo ingresé a casa de formación en Querétaro nunca más regresé a ver a mi amigo médico y un día supe que ya había fallecido.
Hasta aquí el adendum de esta historia, como una confirmación y reafirmación de lo expresado en el artículo de don Ignacio.
Cabe señalar como corolario, una sencilla reflexión: en realidad don Eduardo del Razo, fue un DESTELLO DE LUZ, un excelente médico comprometido con su profesión y con sus convicciones personales… desconocemos en realidad sus motivaciones más íntimas y sus ideas profundas, sin embargo, la luz con la que nos iluminó no solo nos resolvió en muchas ocasiones el problema de recuperar la salud, sino ante todo, proyectaba e irradiaba una energía para afrontar las dificultades de la vida, especialmente en el campo de la higiene, hábitos personales y salud en general… pero, aquí es donde yo me pregunto, hasta qué punto la presencia del Doctor del Razo, nos ubica en la recibir un destello de una luz que trasciende a nuestra vida…
Sería injusto exigir a todos los médicos y profesionistas en general, tener la misma convicción para llevar su vida de servicio hasta las últimas consecuencias, pero el hecho es que encontramos a lo largo de nuestras respectivas historias, personajes que al igual que “Del Razo”, fueron portadores de una luz y de una fuerza interior, que lograba un compromiso en todos aquellos que lo conocimos. La certeza de sus indicaciones médicas, y la absoluta confianza que nos arrebataba, eran sólo el caparazón de un corazón inmenso que compartía la alegría y el amor a la vida. Bendito sea Dios por habernos permitido recibir este destello de luz.

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