Los curas

 Yo no comparto ese sentimiento de asumir lástima o compasión por los presbiteros y diáconos ancianos, por lo contrario, yo les envidio, los admiro y quisiera tener un poco de su enorme riqueza, en sabiduría y experiencias, pero sobre todo lo más importante es su capacidad para interpretar la vida confiando plenamente en nuestro Padre de los cielos.

Tengo poco más de setenta años y a lo largo de mi vida he conocido todo tipo de presbiteros, buenos, humildes, trabajadores, alegres, infatigables. Y ciertamente algunos un poco desilusionados, pero todos, plenamente conscientes de su vocación de servicio.

Nadie ha dicho que la vida clerical es fácil, exige una gran fortaleza física y psicológica, una entrega verdadera, mucha disciplina, la privación de tener una mujer con quién compartir su intimidad y la privación de unos hijos con los cuales ver el reflejo de su propia vida. Pero a cambio de eso tienen una enorme familia en su propia diócesis, parroquia, rectoría o decanato, donde encuentran la amistad y comprensión fraternal de otros compañeros presbiteros y diáconos que como él, se esfuerzan día a día para trabajar por el Reino. No, un padre, cura o presbítero nunca está solo, desde el seminario y toda la vida está rodeado de otros apóstoles santos que le brindan solidaridad, comprensión, afecto y respeto,  esto es algo que nosotros como seglares no podemos comprender... y que solo se asemeja a la confraternidad que se tiene en las congregaciones de vida consagrada de los religiosos y religiosas.

Sin embargo además de todo ese cariño y respeto, que puede ser accidental temporal o superfluo, el presbitero, como hombre consagrado tiene algo mucho muy superior a todos los seglares: se trata de un diálogo de amor directamente con el Señor que se refuerza y acrecienta a cada momento y cada día, ellos tienen la maravillosa experiencia de tomar entre sus manos al Señor, y compartirlo sacramentalmente, y después de eso, seguir compartiendo con todos los que les rodean, esa presencia personal de Jesús y repetir el milagro de Emaús cientos de veces si es posible, cada día.

Pero OJO, debemos ser conscientes y precavidos, "cuando la sal pierde su sabor no sirve ni para que la pisen".

Muchos que se dicen sacerdotes, han perdido lo más importante, lo único que justifica su vida y lo que anima su vida como clérigo, como cristiano y como ser humano... Cuando pierdes el Amor a Cristo, que es el único y verdadero sacerdote...

Lamentablemente hay muchos curas, más de los que nos imaginamos que han perdido la brújula, el sentido verdadero de su vida y la razón de su existencia...han olvidado que el objetivo de su trabajo y sacrificio es el encuentro con Jesús y el servicio a la comunidad por medio de la comunicación del Evangelio.

Muchos se indigestan en los estudios de las complejas teologías, sus análisis filosóficos históricos y científicos, los hacen perder el piso, y se elevan por un universo platónico llegando al hiperuranio y se estacionan en la dialéctica del existencialismo más refinado. Olvidan que el pueblo y la gente nunca estudió a Santo Tomás, ni a Buenaventura ni se recetó las Confesiones etc. Y viven explotando su rabia y su miseria, como cualquier librepensador independiente.

Otros se enfilan en el trabajo social, desarrollan y mantienen enormes grupos de trabajo, crean asociaciones, escriben libros sobre la participación comunitaria, logran formar ejércitos de feligreses decididos a salir a la calle y tomar la vialidad para hacer una protesta... Pero ellos, por dentro están huecos, han olvidado que Jesús nos lleva al desierto para escuchar su palabra...

Otros más se han confiado en ser obedientes y respetuosos de la estructura eclesiástica, obedecen sin razonar, desarrollan acciones increíbles ordenadas por sus superiores, manejan con exquisita habilidad las reglas y los decretos, pero también han perdido todo contacto con la realidad, no comulgan con la gente ni con los verdaderos problemas humanos, llevan un registro de obras buenas y malas, y han olvidado por completo la fé en Jesús, confundieron la autoridad con el Evangelio y rompen con el mandato del amor, la comprensión y el verdadero respeto a la realidad pastoral, son buenos ceremonieros, liturgistas y dogmatólogos, pero su corazón está vacío.

Finalmente muchos presbiteros se han preocupado demasiado por los bienes materiales y los recursos económicos... Por lo general están a cargo de hermosos templos, adornados con acabados de lujo y flamantes instalaciones y equipos de sonido, ventilación y seguridad... Conservan colecciones de arte y a veces sostienen importantes instituciones de beneficencia o cultura, llevan hermosos anillos de oro, cruces pectorales de plata y  cálices que son verdaderas joyas de orfebrería pero han olvidado que Cristo fue el hijo de un carpintero pobre, que Cristo corrió a los vendedores del templo, que Cristo les dio de comer cinco mil hombres con solo una canasta de panes y pescado... 

Ciertamente en estos casos y muchos otros, algunos presbíteros muestran evidencia de que han perdido el verdadero sentido y significado de su vida, porque han olvidado que su compromiso es con Cristo, con el Evangelio y con la verdadera Iglesia de los pobres.


Esa gente sí necesita que los apapachen y les den muestras de atención, porque viven dentro de una gran miseria espiritual. Cuando una persona, sea clérigo o no, descubre el Amor de Cristo cada día no necesita nada más para ser feliz.


Amemos de corazón a nuestros párrocos y ministros, busquemos dedicarles tiempo comprensión y reconocimiento, recordemos que solo Jesús es el verdadero y único SACERDOTE y que él es el que ha invitado a todos esos hombres, a predicar su palabra y a manifestar su amor

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